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A 40 años de Mad Max

Hace 40 años, George Miller le presentó al mundo una obra maestra del pensamiento apocalíptico. En aquella época, el director australiano no tenía nada, ni a Tom Hardy, ni a Charlize Theron, ni un presupuesto, ni experimentados fotógrafos. Lo que tenía era imaginación, una idea y, en el páramo desolado de su natal Australia, a un joven actor desencajado que se hacía llamar Mel Gibson. Con esos elementos mínimos, Miller creó una leyenda: Max Rockatansky, el guerrero del camino.

Como todo buen superviviente, Mad Max vivió momentos mejores antes de que el mundo se desmoronara. Hoy, a cuatro décadas de su primera aparición en pantalla grande, queremos celebrar el momento que lo convirtió en un despiadado depredador del asfalto, el momento que lo cambió para siempre, el momento que le robó toda la felicidad. Y, para entender ese momento, tenemos que entender el pecado de Max; un pecado que, tal vez, todos nosotros estamos cometiendo.

La trilogía de la anarquía

Se puede decir, sin miedo a equivocarnos, que el tema principal de Mad Max es la anarquía. Desde la primera toma de la película sabemos hacia dónde se dirige el camino: la carretera que se extiende en un punto de fuga lejan y que circula a toda velocidad Nightrider se llama “Anarchie Road”. Miller sabía lo que hacía y hacia dónde quería ir: la sociedad que se retrata en esta cinta son los últimos recursos de una civilización desmoronándose. De hecho, el camino de Max Rockatansky es el del descenso al infierno de la anarquía y la aceptación de la pérdida de control. Por eso, la primera película de Mad Max es la antesala de la anarquía.

La segunda película, en cambio, relata el reino de la anarquía. Aquí, cualquier eslabón de organización, por más comunitaria que sea, está amenazado por las guerras tribales que, en la primera, sólo se anunciaban. Aquí no hay posibilidad de escape, no hay ley, no hay orden, no existe ningún remanente de civilización. Todo es un páramo desierto, todos son caminos al despoblado. Parar significa perecer: no más dinners, no más mecánicos, no más gasolineras. La ley del movimiento dicta la supervivencia y la sangre de los vencidos alimenta los motores de los vencedores. La segunda película de Mad Max es el reino de la anarquía.

La tercera película, por su parte, es una rareza. A medio camino entre una película de Mad Max y una cinta infantil como el Hook de Spielberg, Mad Max: Beyond the Thunderdome mostró el agotamiento de Miller. El genial director acababa de perder a su mejor amigo, el productor Byron Kennedy en un accidente de helicóptero durante el scouting de la cinta y no tenía muchas ganas de continuar con este universo. De hecho, después de esta cinta, se dedicó a hacer películas infantiles como Happy Feet o la genialidad que es Babe. Por eso, Thunderdome es la menos violenta de las tres cintas, la más esperanzadora, la más luminosa. En ella está el renacimiento, la esperanza de que la humanidad volverá a crear sociedades… aunque no siempre sean mejores. La tercera película de Mad Max es la derrota de la anarquía y la esperanza de la civilización.

Entre estas tres cintas hay todo un estudio sobre lo que queremos construir como sociedad y lo frágiles que son esas construcciones. Como dijo algún payaso, sólo se necesita un empujón para que la gente abandone toda la civilidad y empiece a arrancarle la yugular al vecino. En cualquier caso, el camino desde la primera cinta hasta la última de la trilogía original es el camino de un futuro que empezó en la pérdida de la esperanza y llegó a los vestigios de una nueva cultura. En este trayecto, es esencial y central pensar en la humanidad de Max Rockatansky, el guerrero de la carretera que no siempre fue guerrero y que no siempre quiso vivir huyendo.

El apocalipsis amable

Siempre que hablamos de Mad Max las imágenes que aparecen son evidentes: sangre, coches y desierto. La idea poderosa de la segunda cinta se quedó grabada en la memoria de todos y trascendió, incluso, al mundo maravilloso que se recreó en Fury Road. Pero The Road Warrior sólo es la consecuencia de la cinta de 1979. Y, en esa película, el apocalipsis no era tan evidente.

Lo que hace tan original a esa obra maestra de Miller es que está hablando de un futuro distópico inmediato en el que pocos se han dado cuenta del apocalipsis. A diferencia de los espectaculares apocalipsis americanos, de las locuras de escape y explosiones de Rolan Emmerich, en Mad Max el apocalipsis ocurre suavemente y es casi amable. En las carreteras desoladas de Australia todavía hay vestigios de una civilización que, para la segunda cinta, habrá desaparecido por completo.

Vemos por ahí dinners, puestos que venden helados, tienditas, mecánicos y gasolineras. Es cierto, toda la infraestructura económica gira en torno a las persecuciones de coches, última gran ocupación humana. Pero estas persecuciones activan un mercado que todavía existe, que se sustenta en una moneda (How fast you wanna go is a matter of money) y que sobrevive al fin del mundo. El apocalipsis viene aquí como un progresivo degenere hacia la violencia. Tan progresivo que muchos no lo notan.

La estación de policías es como una guarida turbia de drogadictos, los jurados son móviles e invisibles, todo es desquiciante y estrafalario… el papeleo es una formalidad para una incipiente burocracia invisible y en extinción. Los policías todavía se aferran, de alguna manera, a la civilización y a las leyes. Pero están resbalando, también, hacia la locura de las carreteras. El asfalto y los coches son, aquí, el símbolo de la libertad, de la rebeldía y del escape, pero en un sentido último y peligroso. Las carreteras llaman a todos a la violencia y a la locura. Y los policías escuchan ese llamado.

Todavía hay limbos de civilización, pero todo parece estarse tambaleando. Todo parece agotado, a final de fuerzas. El apocalipsis, en esa primera película de Miller, ya sucedió, pero sólo los locos, iluminados para la anarquía, se dan cuenta de ello. El pecado de Max Rockatansky será, entonces, aferrarse a una civilización que se le escapa entre los dedos. Para sumirse en la locura tuvo que esperar a la tragedia. Y esa es su verdadera tragedia.

El pecado de Rockatansky

El guerrero del camino soñó, algún día, con la paz y la inmovilidad. Soñó que tenía una familia, que podía compartir sus sentimientos y decirle a Jess que la amaba. Soñó que podría ver a su hijo crecer y que su hijo guardaría un recuerdo como el que él guarda de su padre. Soñó que tenía un trabajo y una vida apegada a las leyes y a la realidad de una civilización estable. Soñó que tenía una casa y soñó que en esa casa podía vivir un perro. Soñó que en su patio crecería una hortaliza y que, en vacaciones, podría salir a pasear con su familia, nadar en el mar, asolearse en la playa y comer helado. El pecado de Max Rockatansky fue soñar.

Max es la estrella del departamento de policía, el interceptor más temido y más buscado. Su jefe, el imponente Fifi, dice que, en esta época cínica, Max es el único que puede convertirse en un héroe. Y Max, durante un tiempo, creyó en esas mentiras. Cuando su compañero, el genial y carismático Jimmy The Goose (Larger than life and twice as ugly) es atacado por la pandilla de Toecutter e incendiado vivo, Max ve, en el cuerpo achicharrado de su amigo la dura realidad del mundo que habita.

La reacción de Max, genialmente filmada en vez de mostrar el cuerpo achicharrado de Goose, es la de un hombre que ve al mundo desmoronándose. Es ahí cuando Max decide escapar. Una decisión sensata, basada en el miedo, que lo lleva a presentar su renuncia:

“Tengo miedo Fifi, de que estoy empezando a disfrutar el circo desquiciado de allá afuera. Un minuto más en la carretera y me convierto en uno de ellos: un loco terminal.”

Max entiende por fin, en ese momento, que el apocalispis ya ocurrió y que, si quiere salvar a su familia, debe alejarse de la carretera, huir de la tentación de la anarquía y de la violencia. Después de ver el cuerpo calcinado de su amigo, Max entiende que el sentido, en este mundo, ya no existe:

“No puedo entender lo que hicieron a Goose. Aquí estoy tratando de darle sentido a algo que sé que no lo tiene. Voy a estar bien en cuanto tenga claridad en la cabeza.”

Esa claridad nunca llega. Porque Fifi lo engaña con una última mentira: no logra hacerle creer que es el héroe que va a salvar a la civilización -es demasiado tarde para eso-, pero trata de hacerle creer que puede tomarse unas vacaciones. Y el pecado de Max es pensar que todavía existe el ocio en contraparte al trabajo, las vacaciones en contraparte a la ocupación. Aquí las vacaciones simbolizan lo que siempre simbolizaron: la idea de una estructura económica regulada, de leyes y derechos laborales. El pecado de Max es creer que las instituciones todavía existen y que la carretera no es el punto de fuga de la civilización, sino un lugar para pasear, en donde todavía, estables, se extienden sus leyes.

Todas las películas apocalípticas de Hollywood nos muestran el momento en que el mundo se desmorona como un parteaguas evidente, como algo que tiene fecha y hora, como el momento que separó a los justos de los injustos, a los supervivientes de los vencidos. Y, cuando vemos futuros distópicos el mundo está claramente terminado, los robots pisan cráneos y las dunas se comen a las ciudades, la Estatua de la Libertad está destruida. Pero en ninguna película apocalíptica se presenta el fin del mundo como algo que sucede progresivamente; tan progresivamente que los protagonistas que lo viven, no se dan cuenta de que está sucediendo.

Lo que es tan impresionante de Mad Max y lo que la hace tan relevante hoy, cuarenta años después de su estreno, es que nos dice que el apocalipsis puede suceder mientras pensamos que tenemos trabajo, que las instituciones de justicia funcionan y que todavía podemos tomar un coche para pasearnos. El mundo se acaba cuando puedes morir por pararte a comer un helado. Mad Max nos dice que, tal vez, cuando tomemos nuestras próximas vacaciones, podemos estar cometiendo el último pecado de Rockatansky. El esparcimiento, el ocio, el placer son los últimos refugios de los que no admiten la anarquía que se impone. Y nosotros, como Max, tal vez no entenderemos, hasta que sea demasiado tarde, que nunca estuvimos al borde del apocalipsis, sino que, tal vez, ya lo estamos viviendo.






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